Escucha activa: la habilidad que transforma conversaciones
- Mariana Naszewski

- 30 sept 2025
- 4 Min. de lectura

¿Qué tan bien escuchamos de verdad?
Las conversaciones son la materia prima de la vida laboral. A través de ellas tomamos decisiones, resolvemos problemas, diseñamos proyectos, construimos relaciones y, muchas veces, generamos tensiones. Sin embargo, entre todo ese ir y venir de palabras surge una pregunta incómoda: ¿qué tanto estamos realmente escuchando?
La mayoría de nosotros cree que escucha. Al fin y al cabo, estamos presentes en reuniones, respondemos mensajes, asentimos, incluso repetimos ideas que acabamos de oír. Pero si miramos más de cerca, descubrimos que lo que en realidad hacemos es oír, no escuchar. Y entre una cosa y la otra hay un océano de diferencia.
El espejismo de la escucha
Imaginá esta escena: estás en una reunión, alguien expone un problema y, mientras tanto, tu mente ya está corriendo más adelante. Quizás te preparás para dar una respuesta. Tal vez conectás lo que escuchás con tu propia experiencia. O, directamente, te fuiste: pensaste en ese correo que aún no enviaste o en el informe que quedó pendiente.
No es que seas descortés. Es que el cerebro corre más rápido que las palabras que recibe, y en ese espacio aparece la ilusión de que “ya entendimos”.
¿Te resulta familiar?
¿Cuántas veces interrumpiste porque estabas convencido de hacia dónde iba la frase del otro?
¿Cuántas veces asumiste que comprendiste, para después descubrir que el mensaje era distinto?
¿Cuántas conversaciones quedan en la superficie porque todos están más enfocados en hablar que en recibir?
El poder invisible de sentirse escuchado
Ahora cambiemos la perspectiva.
¿Qué pasa cuando alguien te escucha?
Cuando percibís su atención plena, cuando tus palabras no son descartadas, cuando lo que decís encuentra un espacio para aterrizar.
Algo profundo cambia: baja la ansiedad, crece la confianza y te animás a ir más allá de lo superficial. Incluso los temas difíciles se vuelven más abordables.
Si alguna vez lo viviste, seguro lo recordás. Y no necesariamente por lo que la persona te dijo, sino por cómo te hizo sentir: comprendido, validado, acompañado.
La reflexión entonces se da vuelta:
¿Qué impacto tiene en tu equipo, en tus clientes o colegas, cuando sienten que vos realmente los escuchás?
¿Qué oportunidades de influencia y conexión se pierden cuando nuestra escucha es superficial?
Lo que no se dice
Las conversaciones no se componen solo de palabras. También traen silencios, tonos de voz, pausas largas, gestos, miradas. Muchas veces la esencia no está en lo que se pronuncia, sino en lo que queda sin decir.
Pensalo:
¿Cuántas veces alguien te dijo “todo bien” mientras su cuerpo decía otra cosa?
¿Cuántos acuerdos parecieron firmes en una reunión, pero se desmoronaron después porque nadie escuchó la incomodidad que flotaba en el aire?
Escuchar también implica afinar la atención a esas sutilezas. Y la pregunta que queda flotando es: ¿cuánto de lo no dicho estamos dejando pasar?
La incomodidad de mirarse hacia adentro
Hablar de escucha nos obliga a mirarnos al espejo. Es fácil decir que los demás no escuchan: “nunca me dejan terminar”, “no me prestan atención”. Lo difícil es reconocer nuestros propios hábitos.
¿Cuántas veces completás la frase de otra persona?
¿Cuántas veces diste un consejo prematuro sin haber escuchado la historia completa?
¿Qué tan cómodo estás con el silencio o lo apurás a llenarlo con tus palabras?
Aceptar que muchas veces no escuchamos bien no es un fracaso. Es, de hecho, el primer paso para entrenarnos a hacerlo mejor.
Escuchar en conversaciones difíciles
Si escuchar en lo cotidiano ya es un desafío, en conversaciones difíciles puede sentirse casi imposible. Cuando las emociones se intensifican, cuando chocan expectativas, cuando surgen desacuerdos, el instinto es defenderse, callar o reaccionar rápido.
Pero justamente ahí, cuando escuchar parece más difícil, es cuando se vuelve más transformador. Escuchar no significa asentir en silencio ni aceptar todo. Significa darle espacio al otro, incluso si no coincidís. Significa reconocer su emoción, aunque quieras discutir el hecho.
Preguntate:
¿Cómo cambiarían tus conversaciones más desafiantes si escucharas primero para comprender y no para responder?
¿Qué pasaría si dejás un momento de silencio antes de dar tu punto de vista?
¿Qué relaciones podrían fortalecerse si, en vez de evitar el conflicto, lo atravesaras escuchando con respeto?
Una práctica, no una teoría
Escuchar no es un don reservado a unos pocos. Es una práctica. Un músculo que se entrena.
Cada conversación es una oportunidad. Cada vez que notás que tu mente se escapó, podés traerla de vuelta. Cada vez que interrumpís, podés detenerte. Cada vez que respondés demasiado rápido, podés elegir preguntar en lugar de afirmar.
El cambio no es inmediato, pero se acumula. Y lo que al principio requiere esfuerzo consciente con el tiempo se convierte en hábito.
Cerrar con preguntas, no con respuestas
En lugar de ofrecerte una lista ordenada, prefiero dejarte preguntas que tal vez sigan resonando:
¿Cuándo fue la última vez que alguien realmente te escuchó? ¿Qué cambió en esa conversación?
¿Qué pasaría si mañana entraras a una reunión con el único propósito de escuchar más de lo que hablás?
¿Qué relaciones en tu vida podrían transformarse si tu forma de escuchar cambiara, aunque sea un poco?
Y la más simple: ¿estás dispuesto a intentarlo?
La próxima vez que te sientes frente a alguien, preguntate:
¿Estoy escuchando para responder o para comprender?
Porque en un mundo desbordado de voces, quienes saben escuchar son los que marcan la diferencia.
¿Cómo podemos ayudarte a entrenar tu músculo de la escucha?
A través del coaching y de nuestros talleres ayudamos a individuos y equipos a desarrollar habilidades como la escucha, estar más presentes, comunicarse con claridad, influir y generar impacto.
En la Sesión 2 de nuestro programa WorkLab: Influencia y Conexión, invitamos a los participantes a pausar, observar cómo escuchan y experimentar nuevas formas de estar presentes en el diálogo. No se trata de memorizar definiciones ni aplicar fórmulas. Se trata de vivir lo que ocurre cuando cambiamos la manera en que nos presentamos en una conversación.
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